martes, 18 de noviembre de 2014

Mandawa

Nuestro 'taxista personal' se llama Deepag, o Depac, que sé yo como se escribe. Es morenito oscuro tirando a negro tizón, va siempre con vaqueros y polos y lleva un reloj que parece de oro en la muñeca. Parece que no pasa hambre, que disfruta en cada punto del camino que nos paramos y sobretodo a mi, me da la sensación de que lleva en su bolsillo todo el dinero que hemos soltado en la oficina de turismo, si no todo, un fajo bastante guapo. 

Cogemos el coche en Nueva Delhi y empezamos a rodar. Recuerdo no tener muy claro a dónde íbamos. Sabía que Toni se había enterado y yo me dejaba llevar. Las carreteras en la 'gran ciudad' son asfaltadas y aunque caóticas pueden parecerse en algo a lo que tenemos aquí. Pero a medida que avanzábamos se hacían más estrechas y al entrar la noche empezábamos a no ver a nadie más circulando. 

Normalmente, los recorridos no son de menos de 4h., así que Deepag se va parando en los chiringuitos que conoce a tomarse un café, fumarse un cigarro y dependiendo de la hora del día, o mejor, siempre, beberse un whisky. 

Llueve, después de 3h. empieza a llover. Se supone que sólo nos queda una hora de camino, ¡qué bien! Pero la lluvia se vuelve más intensa, la carretera más estrecha, no hay nadie en los alrededores y no se ve más allá de un metro del coche. Empiezo a asustarme. Entre risas y no dejar de mirar hacia adelante, pasamos las siguientes horas. Nuestro querido conductor empieza a sorprendernos. Se va quedando dormido. Conduce por en medio de un campo, por un camino de gravilla, con restos de la gran lluvia de hacía un rato y se va quedando dormido por que son las doce de la noche ya... 

Toni me tranquiliza, que no va a pasar nada, que debemos estar a punto de llegar y que como se me ocurre que van a asesinarnos y a traficar con nuestros órganos en el mercado negro. Intenta hablar con Deepag para que salga de su estado de somnolencia y deje de salirse de la carretera. Poco a poco parece que da resultado. 

Cerca de la una de la mañana vemos lo que parece un pueblo y aunque me río, pienso mucho en mi casa y en qué demonios hago yo allí, en India, metida en el coche de un desconocido, después de haber soltado 400€ y alejándonos de lo más parecido a una ciudad que puede haber por allí. Pero por fin respiro. Y sonrío por que por lo menos voy a dormir en una buena cama. Al final del camino llega la recompensa.

Después de siete u ocho horas (260Km.), ni me acuerdo, en un trayecto que debería haber sido de cuatro (en India las distancia son siempre el doble de lo que os puedan decir) llegamos al Hotel. Ni me importa lo bonito que es, sólo quiero entrar y sentirme a salvo. Nos cogen la mochila, nos acompañan a la habitación y flipamos. Literalmente. 

La habitación es un mosaico al estilo las mil y una noches. Con una cama de matrimonio y un altillo con un colchón. Las paredes forradas de un mosaico de cristales de colorines... Toni está que no da crédito. Y miramos hacia la puerta y el chico que nos ha traído las mochilas sigue ahí, esperando. Gracias a que no hablamos bien inglés no entendemos nada y se va. A los pocos segundos caigo en la cuenta, quería una propina!! Pero la habitación nos tiene anonadados, mejor dicho, tiene a Toni anonadado. A mi, ni fu ni fa, tanto color y tanto cristalito me parece hasta hortera. Yo solo quiero dormir, abrazada a él, tranquila, después del viajecito que hemos pasado es lo que más deseo. 

Esa noche dormimos poco.

Y a la mañana siguiente me doy uno de los mayores sustos de mi vida. Empiezo a escuchar unos gritos, entre cantos y lamentos, de la calle, pero que parecen justo al lado de las ventanas de la habitación. Son dos voces de hombre, que alargan el eco como llorando y lamentando algo en forma de canto... me quedo paralizada, pensando en lo peor y Toni duerme como un tronco y no le quiero despertar. Por favor que pare ya. Por favor que pare ya. Y otra vez, hasta seis o siete veces. 

No recuero que paso luego. Me dormí. Y cuando nos volvimos a despertar y se lo conté todo, me cuenta que en India hay muchos musulmanes y que probablemente estarían rezando. ¡Cuántas veces me dijiste que leyera un poco la historia de India en la guía!




Las adevertencias en la guía sobre Mandawa son muy claras. Los jóvenes son muy inteligentes, saben varios idiomas e intentarán haceros de guías improvisados para llevarse unas rupias como propina. Y eso pasó. Salimos a pasear. Es un pueblo muy pequeñito, con calles anchas llenas de tiendecitas, negocios de alimentación y bebidas y gente por la calle. Es bonito. Todas las casas están muy ornamentadas con pinturas de colores que representan escenas varias, puertas y ventanas grandes de madera...

A los dos minutos de salir del hotel tenemos a dos chicos alrededor nuestra. Saben algo de italiano y español. Hablan perfectamente inglés... nos llevan por las calles con las casas mejor pintadas, nos cuentan la historia del pueblo, y sobretodo nos preguntan a donde vamos, de donde venimos, cuales son nuestros trabajos, cuantos tiempo llevamos allí... yo me mantengo en un segundo plano y Toni se muestra amable y encantado, como es él, educado y correcto siempre. Una de las cosas por las que le quiero tanto. Incluso nos llevan a la casa de uno de ellos, dónde sus padres tejen telas, preciosas, me las habría comprado todas, pero sólo llevo una mochila, nos quedan muchos días de viaje y nos piden por las telas 15€. Así que muy agradecida, acabo comprando un lote de 10 postales con la intención de mandarlas a la familia y amigos por 300RP~3,8€. Al acabar, y forzando un poco a que nos dejen a nuestro aire un rato, uno de ellos saca del bolsillo varias monedas de euro y algún que otro país y nos dice que colecciona monedas de que si podemos darle un euro. Incluso parece asomarse a la cartera de Toni para inspeccionar lo que lleva. Yo intento que sean sólo 50cnt. pero al final le damos el euro. Durante el camino habíamos pensado darles 35, 40RP  para que se las repartieran entre los dos. La bromita del euros hace que se embolsen 80RP.

Y me acordé de un amigo que me dijo: Acabarás peleándote por varias rupias.
Y es que aunque aquí es sólo un euro, en aquel momento me pareció la forma más tonta de engañarnos.

Eso me costó mi primera rabieta.