miércoles, 17 de septiembre de 2014

Palma - Barcelona - Estambul

Dos o tres días antes de partir recuerdo haber estado nerviosa, no solía estar nerviosa nunca, pero hace unos años que mi estómago y mi garganta parece que se ponen de acuerdo para molestarme un poco.

Sábado 8 de marzo, mi madre nos deja en el aeropuerto de Palma después de las despedidas en casa, abrazos, besos... cogemos el primer avión Palma - Barcelona.

En Barcelona pasamos la noche, cinco horitas en unas sillas incomodísimas que se hacen eternas. No estaría mal que por el precio que pagamos por los billetes de avión en general, hagan un poquito más cómodas las instalaciones de los aeropuertos. 


Recuerdo que nos reímos mucho. Intentamos colocarnos de la forma más cómoda, nos quitamos los zapatos, usamos las mochilas para los pies y pusimos la cabeza en el hombro del otro, por turnos. Dormir, entretenerse en algo, dormir, entretenerse en algo, dormir, entretenerse en algo... 




Escribo las primeras líneas del diario. Nada interesante, ha sido un fracaso eso de escribir un diario, con la de cosas que tenía que ver, oír, conocer... como para ponerme a escribir. No encontré ni el tiempo, ni las ganas. 



Así hasta las cinco de la mañana que nos pusimos en marcha. A por el segundo avión. Barcelona - Estambul. 
Comida del vuelo Barcelona - Estambul
Puerta de embarque Aeropuerto de
Estambul
Tres horas y media de vuelo, tranquilas, yo dormí un poco, como en todos los vuelos. Toni se entretuvo como pudo (diario de viaje, ipod, ebook...). Y desayunamos, o más bien, comimos. Es una de las cosas que más me han gustado de los vuelos. Una bandejita bien ordenada, con su mini ensalada, su plato principal, un postre, agua, un panecillo, los cubiertos y el aliño. 

Aterrizamos en Estambul entre las 10 y las 11 de la mañana, con el cambio horario, y vamos directos a por el visado para poder entrar a la ciudad. Es válido durante dos meses y se hace directamente en el aeropuerto, previo pago de 15€, claro. Con el visado en mano, hacia el control de pasaportes. Observo que la gente va más o menos abrigada, en cambio nosotros solo llevamos una sudadera. Observo también mujeres con burka. Me sorprende, me abruma, me cuesta pensar que hoy en día sigan permitiendo que las mujeres esten sometidas de esa forma al hombre, por el motivo que sea, me da igual. Es algo que me horroriza. Claro que hay muchas cosas que me horrorizan y que seguimos permitiendo que ocurran...

Cambiamos unos cuantos euros por liras turcas y a la calle.

Mezquita Azúl
Lugar para limpiarse los pies antes de
entrar a rezar en Santa Sofía

Primero un metro hasta el centro. Luego un tranvía hasta la zona donde queremos ir, cuarenta minutos de viaje, Estambul se me hace enorme. Me gusta lo que veo, me recuerda a Oviedo, edificios de colores oscuros, no muy altos y muy diferentes entre sí. Llegamos a la zona donde están Santa Sofía y la Mezquita Azul. Hace un frío tremendo, pero a pesar de ello intentamos pasear un poco aunque mis manos no aguantan ni diez minutos en su color normal. No encontramos la entrada a Santa Sofía. Por lo visto es hora de rezos y no se puede acceder. El frío hace que tengamos que entrar en una cafetería donde Toni prueba el café turco. Oscuro, con posos en el fondo y fuerte. Yo me tomo una infusión de te verde que no me gusta y acaba bebiéndose él. Ahora sé que todo el viaje será más o menos así. Pedir comida que acabará comiendo él. 

Intentamos comernos un kebab, ¿no se supone que es lo típico de Estambul? Pues bien, entramos en el sitio más caro y más turístico de la calle principal, justo al lado del tranvía. Primer robo, timada, llamemosle error del viaje. Gastamos unos 40 euros en comer, lechugas con salsas moradas, pan fino y trozos de pollo en salsa. ¡¡No nos bastan las liras que cambiamos!! Toni tiene que salir en busca de una oficina de cambio para poder pagar la comida!!!!!! Pero como nos vamos a la India, y allí hay que tener paciencia, nos lo tomamos con humor, pagamos nuestros platos y salimos en busca del refugio del aeropuerto. Mis manos no pueden soportar el frío.

Ahora sí. Buscamos la puerta de embarque que nos llevará a Nueva Delhi. Parece que ahora se embarca por letras. La A y la B primero. La C y la D después. Un aeropuerto con zonas de embarque de lujo. Moquetas en el suelo, puertas divisorias de cristal. 

Está claro que desde que he salido de casa no he dejado de observar y sorprenderme. Y sólo llevo un día fuera.

Cuando subo al avión me entusiasma ver tantos asientos. Una fila central de cuatro butacas, y una fila pegada a cada lado con tres filas de butacas más. Además divididas por zonas. Primera clase, segunda clase, clase normal (no creo que se las conozca así, pero ya me entendéis). ¿Cuántas personas podemos ir dentro del avión? Seguro que cerca de 800... Nos toca una butaca en la primera fila de una de las grandes salas. Bien, puedo estirar las piernas a mi antojo y el plato de comida me llegará primero. Además, del reposabrazos se extiende una pantalla táctil con juegos, películas, mapa del viaje y unas cuantas cosas más para que el viaje sea de lo más ameno. Aunque como diría Toni, para que lo quiero si seguro que me duermo. 

Al pasar un par de horas de vuelo, tranquilo y sin movimiento alguno, empiezo a notar cierto pinchazo en la zona de los ganglios en el cuello detrás de la garganta. No me imagino que mis ganglios van a tomar vida y voy a pasar mis dos primeros días en India asustada y dopandome con Ibuprofeno y paracetamol. 
Fin del vuelo.
Esperando para salir a Nueva Delhi

Me siento como una niña con zapatos nuevos. Todo me gusta, todo me sorprende y me doy cuenta de que por muy sofisticada que piense que soy, hay miles de cosas en el mundo que me sorprenderían y de las cuales no tengo ni idea de que existen. Es como descubrir una cosa nueva cada cinco minutos. Y me doy cuenta de la cantidad de gente que somos en el mundo, la cantidad de historias que existen y de personas con diferencias que debajo de todo eso son como yo. Llevan su documentación, su maleta con sus pertenencias, comen, van de la mano de sus parejas. Conocen sitios nuevos, se hacen fotos... y no entiendo por que estamos empeñados en crear tantas diferencias si todos somos de la misma carne y tenemos los mismos huesos.

2 comentarios:

  1. Pues sí, todos iguales pero si te sales de lo "normal", serás juzgado. Besos viajera! Ya queda menos para el próximo jeje

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  2. Algún día volveremos a pisar sus calles y a respirar su vida, prontito, prontito...
    Esperando impaciente la siguiente entrada...

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