Bajando del avión nos encontramos el primer encantador jovencito que adora su país preguntándonos de donde venimos, a donde vamos, que pensamos hacer, que pensamos visitar y todo lo que se le ocurría preguntar.
Así son. Cotillas, encantadores, dispuestos a ayudarte, la mayoría de veces para que les obsequies con algo, otras en cambio por el simple hecho de haber entablado conversación con alguien que viene de tan lejos.
Me dió la sensación de que es un aeropuerto muy grande y al que llega mucha gente (dicen que hay unos 23 millones de habitantes), y me sentía bien. Hasta que quedaban las últimas maletas y la mía sin llegar. Ya lo tenía claro: No pasa nada, al llegar te compras cuatro pantalones, cuatro prendas de ropa interior y a disfrutar 'this is India!' Aunque sentía una tranquilida bastante relativa. Pero apareció. Viva y coleando, con todas sus correas cerradas y todo lo que tenía que venir en su interior.
Y a la calle. Cuando se abren las puertas delante tuya ya sientes la contaminación. Notas un olor difícil de explicar como amargo y ácido, como pesado, que te llega a la garganta y te hace tragar a ver si se te pasa. Es embriagador.
Los trabajadores del hotel se ofrecieron a venir a buscarnos, (por un módico precio de 600 rupias~7 euros). Tardamos unos 20 minutos en llegar. Al volver hicimos el mismo trayecto por la mitad de precio.
Llegamos al Hotel Amax Inn, situado en el barrio de Paharganj, uno de los más pobres de Delhi. Entre callejones sin asfaltar, jamás lo habrímos encontrado con un mapa. No hace falta que os llevéis un mapa a Nueva Delhi. Es una ciudad de caos, con calles principales abarrotadas de coches y calles más tranquilas y de gravilla, con cambios de sentidos, giros y sin lógica aparente, todas llenas de gente, perros, niños, puestos ambulantes (carros de madera con la merancía encima), sitios donde comer, tiendas en las que encontrar de todo y mucha gente. Eran las 8 de la mañana y no podíamos entrar en la habitación hasta las 10 (al principio era a las 12 pero charlando conseguimos que cedieran).
Al llegar a la habitación topé con mi cara en un espejo y vi mi ganglio. Tenía como un flemón en la parte alta de la garganta, enorme, y que iba creciendo por momentos. No me arrepiento de haber cargado la maleta con medicinas. ¡Nunca he tomado tanto inflamatorio y calmante en la vida! Estaba asustada, quería dormir. Me tomé un ibuprofeno y me acosté deseando que al levantarme mi cara volviera a su sitio. Dormimos un poco. Al desperar Toni se fue a dar una vuelta solo. Espero que algún día cuente en su blog, De mochila por cabeza, todo lo que sintió ese ratito que paseó por Nueva Delhi, por que vale la pena. Yo me quede en la cama. Pasé dos días tomando paracetamol e ibuprofeno cada cuatro horas. Cuando me hacían efecto las pastillas estaba bien. Cuando llegaba el momento de tomar la siguiente dosis me dolía y me pinchaba. Pensaba en cómo serían los hospitales y en que pasaría si no bajaba la inflamación.
Por la tarde, decidí salir de mi aletargo y salir a la calle. El primer trayecto en rickshaw, fue una timada. Hicimos un recorrido que se hace en diez minutos andando, para llegar a Connaught Place, la plaza 'rica' de Nueva Delhi. Había humedad, hacía calor, pero fresquito y se puso a llover. Una lluvia intensa que duró 15 minutos y luego otra vez sol. Acabamos en un McDonals. Si. Comí hamburguesa de algo que se parecía al tofu, muy vegetal como de color verde que no me gusto nada.
Aquí puedes encontrar las tiendas más caras. Rolex, Adidas, Nike, Vodafone... todo el comercio caro, y a precios altos. Familias indias al completo bien acicaladas, con zapatos, peinados, bolsos caros y dos o tres niños bien vestiditos se pasean entre tiendas de alto estánding y puestos de 'mercadillo' y personas sin techo.
Al día siguiente y siguiendo con mi dopaje de ibuprofenos y paracetamoles (acabé con todo lo que llevábamos en 4 días), hicimos turismo. Vimos el Fuerte Rojo, paseamos por otra zona de caos y tráfico, comimos más comida olorosamente mala y acabamos en la estación para conseguir los billetes que teníamos intención de comprar para cubrir algunas de las primeras ciudades que queríamos ver.
Todo lo que habíamos pensando para nuestra ruta por el norte de India, a partir de este momento cambió. Queríamos coger trenes para ver unas siete ciudades principales. Teníamos dos billetes para el primer trayecto en tren hacia Bikaner, que duraba unas 12h. Pero mi ganglio, que seguía su crecimiento libremente y me tenía bastante asustada (empezaba a dudar de poder pasar toda una noche metida en un vagón de tren sin una almohada cómoda o algo donde apoyarme y poder dormir), una estación de tren que se encargó de hacernos pisar directamente la realidad de India (miles de personas entrando y saliendo de la estación con poca información y gente dispuesta a llevarte a donde ellos quieren, por el precio que ellos quieren), hicieron que todo cambiara.
Además, pasear por India como occidentales con un chico guapo y con sus brazos llenos de tatuajes no es tarea fácil. Cada tres minutos un indio amable le paraba para saludarle, para mirarle los tatus y decirle 'nice tatu!' y si colaba para hacerse una foto con nosotros. Una vez, si. Dos veces, si. Tres veces, si. A la décima vez empiezas a agobiarte.
Y caímos.
Después de vivir el momento de mayor agobio del viaje (sólo llevábamos un día y medio en India) volvimos a la famosa y poblada de gente rica Connaught Place para relajarnos tumbaditos en el césped. Ilusos nosotros que pensamos que a los ricos no les interesan los tatus o los españoles con la billetera llena.
En la Guía de India que nos ayudó muchísimo fue de donde sacamos toda la información que necesitas para viajar a este país, leímos en los apartados principales 'consejos' en la parte de Nueva Delhi:
Pero apareció un tipo servicial, joven, que nos contó que era estudiante y que le gustaba mucho viajar, bla bla bla... hasta que nos acompañó a una oficina de turismo para que planearamos nuestro viaje de la mejor forma posible con comodidad y a precios estupendos.
Le dimos a un tipo llamado Deepag, unas 40.000rp ~ 500€ (250€ cada uno) para que fuera nuestro conductor privado y nos llevara a cubrir toda la ruta del Rajastán hasta Agra, incluyendo la entrada al Taj Mahal (las primeras dos semanas de viaje). A pesar de que parezca una barbaridad, el primer precio que nos ofrecieron fueron 700€ cada uno por un viaje en hoteles de lujo con piscinas, habitaciones de ensueño y desayunos incluidos.... tuve que decirle, con el inglés que humanamente pude:
- No soy rica en mi país. Tengo un trabajo honrado y me he venido a India con todos mis ahorros que no llegan ni por asomo a la cifra que me está pidiendo.
Así que nos quedamos con el paquete 'humilde' de 250€.
Hoy sé que fue un error. Sé que hacer tal desembolso cambió mi viaje, cambió mi visión de la población, mi humor y mi carácter frente a ellos. Sé que hizo que no me involucrara, que me quedará por encima de todo sin querer entrar en su realidad, por que realmente, yo también me quedaba sin dinero y tan lejos de casa no creía poder acceder a más de forma fácil. Pero de todo se aprende y de otra forma, disfrutamos. De lo bueno y lo malo de llevar un chófer. Y al final nos quedó una semana de India real. Esa a la que volveré, sin simpáticos estudiantes que nos embauquen.
El lunes día 10 de marzo a las siete de la tarde, nuestro día dos en India, cogimos un coche privado con chófer que nos llevaría a Mandawa. Continúa la aventura.

Dalo por hecho que volveremos!
ResponderEliminarRecuerdo el barrio cercano al Fuerte Rojo, caos por todas partes, el desorden más ordenado que he visto; la botella de agua que le dí a aquellos dos niños que solo querían dinero y que nos siguieron hasta que cogimos un rickshaw, como en una especie de huida de la que mis ojos aún no ha escapado. Me ha encantado, estoy ansioso de que describas el trayecto nocturno hasta Mandawa.
Namaste!